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La vida tras (Caso) Diana

12 jul 2022
6 min de lectura

La verdad es que no tengo ni la más mínima idea de cómo comenzar con todo lo que quiero decir, no tengo nada claro más que el hecho de que quiero escribirlo, de que hace tiempo que quiero hacerlo. He de decir, en mi defensa, además, que no soy partidaria de esto que dicen de que cuando quieres a alguien las palabras salen solas porque bueno, para qué mentir, a mí me costó una barbaridad decir te quiero por primera vez y os prometo que lo sentía. Pues con Diana me pasa un poco igual, no va a ser fácil que me salgan las palabras por mucho que la quiera, y adelanto mis disculpas por cualquier delirio que suelte y no tenga sentido porque voy a hablar desde las entrañas.


El otro día dos amigas me decían que Caso Diana era el libro que la gente no sabía que necesitaba leer (y que por lo tanto, claro, no llamaba tanto la atención como mis otras dos novelas o, incluso, la cuarta que viene de camino). Estoy de acuerdo. Tan de acuerdo que completaré que es el libro que yo no supe que necesitaba escribir y que otros leyeran. Imaginad la situación. Diana —y cuando digo Diana me refiero también a su historia— es la novela que mucha gente necesita leer, estoy segura de ello y eso es estar segura de algo muy grande, e incluso soberbio, pero lo digo desde la visión de que es el libro que yo necesitaría haber leído hace unos años. Y os vengo a contar por qué.


Diana, lo he repetido y repetiré siempre, fue y es muy importante para mí, pero la cuestión va mucho más allá de que le guarde cariño por ser alguien a quien creé y a quien cogí cariño, si no que hubo un momento en mi cabeza en el que no supe distinguir entre lo que sentía Diana y lo que sentía yo, entre quien y cómo era Diana y quién era y cómo me comportaba yo. Donde ya no sabía si Diana me estaba creando a mí o yo estaba creando a Diana y bueno, quieras que no, eso te une bastante a alguien (vosotros diréis…).

Entré en un debate serio conmigo misma cerca del capítulo 38 (mirad, la verdad es que no sé si fue el 38 o el 41, pero sé que se mueve cerca de estos términos de la novela, hacia el final), fue porque, como es habitual en mí, me bloqueé y no sólo fue por culpa de falta de inspiración, si no porque estaba en una escena en la que yo no dejaba de darle vueltas a que yo actuaría de x manera mientras que Diana actuaría de y, por lo que a la que había convertido en mi mejor amiga, en mi alter ego, en mi compañera, a la que yo entendía y compadecía (tristemente, era compadecerme a mí misma) se tornaba, de golpe, diferente de mí. Y bien, Diana era Diana y yo era yo, pero me costaba encajarlo. ¿Cómo no me iba a costar encajarlo si había hecho de Diana un medio para poder hablar de aspectos de mi pasado?

Yo, por aquel entonces, ya sabía el final de Diana y sólo tenía que precipitarlo, darle unos pocos empujones y ponerle unas cuantas piedras en el camino para que todo acabara y, aún así, me negaba a ver que donde yo pensaba con el corazón, ella lo hacía con la cabeza. Y es que ahí estaba la diferencia —y así me lo recordó mi novio— entre ella y yo: no éramos la misma persona, yo le había dado otra personalidad, otra manera de ver las cosas, otra sensibilidad y ahora tenía que atenerme a las consecuencias. A que ella pensara con la cabeza y yo con el corazón, a que todo ocurriera como tenía que ocurrir.


Tal vez para los que me hayáis leído convertida en Diana todo esto tiene mucho más sentido que para los que no —hola a los que no, ojalá después de esto os atreváis con Diana—, con seguridad así sea, porque además sabéis que Diana no toma precisamente decisiones simples ni a la ligera y de hecho, muchas de las críticas que ha recibido de sus lectores es que duda mucho de todo lo que decide. Pero es que ella es así, insegura y con mucho pánico al desastre, a equivocarse. Sí, ella es así, y así es como yo la necesité crear para explicaros muchas cosas, cosas que yo había sentido, cosas que yo había vivido (mantengamos las distancias, ojalá yo en NY), cosas que tenía que quitarme de encima. Diana era un paso más a todo lo que yo era cuando la reanudé por el capítulo 15 hace unos dos años (bien, al final para explicar algo viene mejor una exageración que no una réplica a escala real), era más seria que yo, más adicta al trabajo que yo, más calculadora que yo, con más pánico a salir de su zona de confort que yo, pero eso sí, éramos igual de inseguras —al menos desde la raíz, porque después la novela la pone entre las cuerdas para que se vea lo peor de ella en este sentido— y ahí es donde residía la esencia. Pero, porque siempre hay un pero, también fue más valiente que yo. Y eso, es lo que yo admiro de ella, lo que admiro ahora, lo que admiré, lo que me hizo romperme al acabar la novela, lo que hace que sea mi personaje favorita. Eso es lo que todos los que me habéis dado un feedback positivo de ella creo que admiráis de ella.


Escribir Caso Diana fue un reto para mí. Cada página era una nueva aventura, era un nuevo desafío a mí misma, era darle mil vueltas para ver cómo explicaba algo que me había dolido sin dejarme la cordura en ello, para hacer de ello una experiencia y parta convertir unos sentimientos lo más novelescos y amenos posibles. No siempre fue fácil. Escribir no lo es, pero escribir de uno mismo mucho menos —sí, de uno mismo, porque quien me conoce notará todas las licencias sobre la vida real que me he tomado—.

Se sumó al reto pensar que poco a poco me daba cuenta de que Caso Diana me estaba mejorando como persona y como escritora. Comprendí que hacer a un personaje cobarde —que no malo— es ser fiel a la vida. Que mostrar las muchas caras que puede tener alguien era ser realista, porque nadie es bueno o malo, interesado o desinteresado, si no que existen medias tintas y nos quedamos con lo que nos marca. Que nos engañamos mucho a nosotros mismos con tal de no cambiar nuestra actitud. Aprendí que no, que el amor no lo puede todo y que hay otros amores que prevalecen al de pareja, como el que tenemos por la familia. Comprendí muchas cosas, unas mas positivas que otras, pero, como bien sabe Diana, de todo se saca algo positivo, aunque sea comprender donde o con quien no quieres estar.


Tenía una profesora que siempre nos decía que lo mejor de la enseñanza era aprender de sus alumnos, romper la creencia de que siempre es el adulto el que enseña al niño, pues mira, la recordé al escribir Diana, os juro que me rompía cada vez que me veía en Diana y pensaba “pobre de mí”, pobre de la que creía que lo mejor era poner a los demás por delante de sí misma, la que no se atrevía a vivir porque tenía demasiado miedo, la que confió de más, la que lo dio todo y se quedó sin nada. Diana me enseñó tantísimo… pero es comprensible que no todo el mundo quiera o necesite aprenderlo, que no todo el mundo sienta que necesita leerlo o, que al menos, no lo necesite ahora, en este preciso instante de su vida, pero sí en un tiempo (o no). Y por eso encajo con total compresión cuando me dicen que no es su momento para leer mi novela, es entendible, igual yo también la dejaría a medias si no me hubiera sentido como Diana más veces de las que soy capaz de pensar, si no me hubiera enamorado de alguien que nunca me correspondería, si no me sintiera insegura constantemente, si no hubiera necesitado un empujón para tomar las riendas de mi vida y hacer un cambio de mentalidad. Y siento que no estoy sola cuando al acabar la novela me confesáis que necesitabais a Diana, que os habéis sentido como ella, que os hacía falta un empujón o entender que había algo tras un mal trago, tras un final inesperado.


Diana fue una etapa en mi vida, una etapa que me hizo recordar que tenía que gritarlo todo para callar para siempre, para recordarme no volver a cometer los mismos errores. O al menos era lo que pretendía ser. Porque lo que acabó siendo fue una mezcla de vivencias, decisiones y críticas y alabanzas a quienes se merecían cada una de las partes pero, sobre todo, fue una lección y un recordatorio de Diana hacia su creadora. Una lección de que el hogar está en uno mismo y de que el amor que debe primar es el propio.

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© 2022 por Marta Moreno Puertas.

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