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La realidad de la ficción

12 jul 2022
4 min de lectura

Siempre he querido saber exactamente qué siente un pintor al acabar una obra, o cuál es la reacción de un músico al escuchar aquella pieza en la que lleva estancado tanto tiempo. A ver, en realidad, podría llegar a explicar el sentimiento si es como el de acabar de escribir una novela (aunque esto dependerá en gran parte también de cómo lo viva cada persona, pero busco un sentimiento generalizado pues yo misma he pasado por muchas fases en la finalización de una obra). Según mi experiencia, creo que es algo parecido a una felicidad agria, a miedo con una mezcla de orgullo y a regusto de tranquilidad intranquila por haber acabado, pero sintiendo incertidumbre sobre los hombros al no saber qué viene ahora (¡que alguien que haya experimentado la escritura y algún otro arte me lo increpe si no es así!). Pues bien, pese a poder llegar a entender cómo se siente un artista en el proceso de finalización de una obra, hay pequeños detalles de cada arte que nos perdemos si no lo practicamos. Hoy vengo a hablar, dentro de mi inexperiencia, pero de mi ilusión como intento de escritora, sobre cómo se siente el darle vida a un personaje (pecaré de hacer una generalización, pero entiendo que, aunque no todos nos vayamos a sentir igual con lo mismo, sí que nos sentiremos bastante parecido).


Veréis, el otro día publiqué una historia en Instagram escribiendo. Acababa de cerrar una escena dura, de estas que te rompen un poquito en pedazos (algunas creo que me entenderéis), y puse como comentario que mis propios protagonistas me habían roto el corazón. Alguien de mi entorno me abrió para preguntarme cómo era posible que me emocionara con algo que yo misma creaba. Mi respuesta fue clara: lo que viven tus personajes, aquellos a los que tú has creado y que son pedacitos de ti, lo vives y sientes tú, están en ti y es inevitable que no te salpique. Pero en este texto quería ir más allá.


Siempre es difícil explicar un sentimiento, es cierto, a los poetas se les da rematadamente bien y por eso les alabo y envidio a partes iguales, pero lo voy a intentar con toda la buena fe posible: como bien dijo Ursula K. Le Guin en uno de sus ensayos “Como escritora he de ser consciente de que soy mis personajes, pero ellos no son yo”. Es buena cita para recordarme a mí misma (y tal vez a muchas escritoras y escritores que me leáis) que los personajes no me pertenecen, si no que soy una ayudante y guía, e incluso, a veces, una mera espectadora en sus vidas, y que, por eso, al final debo dejarles respirar entre mis ideas y las suyas, pues ostentamos diferentes pensamientos y eso es lo que les hace libres y mejores.

Crear a un personaje va más allá de lo que crees pensar que es posible en esta vida. Vale, parece complicado, pero es que para mí contiene un poco de magia, y la magia pierde el truco si pretendes entenderla del todo. Aun así, creo en una manera de definirlo rápido: vivir lo que vive tu propio personaje es como leer, pero… un poco más intenso. Veréis, este personaje al que le has dado vida siente y padece, toma decisiones que no sólo no tomarías, si no que encima parece darte lecciones con ellas. Le das nombre y apellidos, apariencia y nacionalidad, pero también le moldeas miedos, promesas y sueños que han tenido o que tendrán; crear un personaje es comenzar una vida. Es tener un cuerpo al que huir cuando el tuyo se siente abarrotado, es un aire nuevo con olores diferentes, con aventuras muy dispares y con libertades que igual en tu cuerpo no sentías o no te permitías sentir. Crear un personaje es poder vivir cuando contigo mismo no consigues hacerlo. Y perdonadme si peco de imaginativa, tal vez estoy delirando demasiado, pero no he encontrado mejor vía de escape que la de escuchar una historia que me cuenta mi propio personaje, que la lección que me pueden dar cuando necesito soluciones o sus palabras que me guían cuando me siento perdida (porque ellos también se han podido sentir así).


Creedme si os digo que si la vida ya os parece demasiado, que si el sentir ya os parece una capacidad increíble, es realmente impresionante tomar una decisión, y pensar en cómo la habría tomado aquel personaje de tu novela que no se va de tu cabeza, en qué sentiría él o ella si le hubieran fallado como a ti, o cómo contestaría ante determinada conversación en función de sus ideas políticas, de su moral o de sus modales. De verdad, es impresionante poder vivir más vidas a la vez que vives la tuya, y creo que explique lo que os explique me quedaré corta, porque sólo el que lo ha sentido podría entenderlo al cien por ciento.


Practicar arte es, sin duda alguna, tener el poder de concebir la vida de otra manera, de soñar en otra dimensión, de creer más allá de lo que ves. El arte es vida. Y ojalá los que me leéis, practiquéis el arte que practiquéis, podáis sentiros tan vivos creando.

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© 2022 por Marta Moreno Puertas.

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