Mientras Escribo
Para comenzar la reseña de Mientras Escribo veo de mucha importancia hablar primero de su autor, Stephen King. Me chiva, como siempre, Wikipedia, que el consagrado escritor nacido el 21 de septiembre de 1947 en la ciudad de Portland, en el demócrata estado de Maine, suma a día de hoy 68 libros publicados. Cabe decir que de estos, 61 son de ficción, mientras que los restantes, entre los que se incluye Mientras Escribo, no. Además, algo de lo que King nos hablará en el libro que hoy reseñaré con especial atención es que, antes de estrenarse como escritor novel, escribió una gran cantidad de relatos, que hoy, a sus 73 años, suman alrededor de doscientos.
Mientras recababa información sobre Stephen King descubrí la relación de parentesco entre el escritor de la obra que vengo hoy a reseñar y Joe Hill, un famoso escritor de terror que ha sido publicado por la editorial Suma (en España, por supuesto) en más de una ocasión. Estos dos grandes escritores son padre e hijo, imaginad mi sorpresa. A la familia de escritores se suma Tabitha King, de soltera Spruce, la mujer de Stephen King, de la cual habla con mucha atención y cariño en “Mientras Escribo” y de la que volveré a hablar más adelante al adentrarnos en el libro, y Owen King, el hijo menor de la familia King, que junto con su mujer se dedican también al oficio.
Pues bien, Mientras Escribo, es un híbrido entre autobiografía, por lo que la reseña hablará mucho más de Stephen King de lo que ya he explicado, y manual de escritura. Cualquier persona no hubiera usado aquí la palabra híbrido o al menos no pensaría que este libro es nada más de una autobiografía, pero mi impresión como escritora de ficción es que hay muchos más consejos y teoría que explicación personal, pese a que todas las pautas de la parte del manual sean extraídas de su propia experiencia. En relación al contenido, el relato de 320 páginas de King se divide en diversas partes (entre cuatro y cuatro y media), que voy a reseñar una a una para facilitar su identificación y comprensión.
La primera parte se llama Currículum Vitae y, como ya todos sabemos, esta herramienta sirve para presentar nuestras aptitudes, actitudes y méritos frente a quien queremos que nos contrate en una oferta de trabajo. Bien, aquí nadie va a contratar a Stephen King y dudo mucho que este señor necesite un currículum para presentarse porque no creo que haya un gran número de personas que no sepan su nombre y su profesión, pero él usa este apartado para hablar de su experiencia como “chico al que le gusta la escritura y no triunfa”. Para quien disfrute de una buena biografía, esta parte es puro gozo, para qué mentir. King era de familia de clase media-baja, niño inquieto, el pequeño de dos hermanos y escritor en ciernes. No es mal resumen, en realidad, pero las casi 120 páginas en las que habla de su infancia y juventud incluyen bastantes más detalles que, sin duda, no dejan atrás conceptos como el poder y la influencia (ya sea como escritor consagrado, como niño o como creador, entre otras cosas), las sustancias psicotrópicas o la muerte. En esta primera parte nombra constantemente a autores como Roger Corman o Edgar Allan Poe, algo que no es de extrañar, pues comparten género. Además sus primeros relatos se inspiraban (palabra que dice no gustarle porque cree que en realidad no utilizaban nada del autor) en ellos; como bien dice el propio King: “se empieza escribiendo lo que le gusta a uno leer” (2000, p.174).
A mi parecer cada pequeño detalle podría ser reseñable, y creo que de toda esta increíble obra se puede aprender algo, pero lo que, sin ninguna duda, más me gustó de esta primera parte, aparte de que comprendí como escritora que hasta los más grandes (sí, es un grande, tiene 68 novelas, nadie me lo va a cuestionar, ¿verdad?) comienzan con incertidumbre, miedos y rechazos, es la superación de su alcoholismo, drogadicción y drogodependencia. Son muchos los escritores que han sido adictos a alguna sustancia psicotrópica: Philip K. Dick a las anfetaminas; Louisa May Alcott, al opio; Edgar Allan Poe, al alcohol; Truman Capote, al alcohol y a varias drogas. Y son muchos, pero mucho más, los que se añaden a la lista y Stephen, en esta obra, se confiesa alcohólico y cocainómano. Y no, no considero que confesar sea el punto importante de la cuestión, si no en la concienciación que hace al respecto recordando que la justificación de las drogas en favor de liberarse de males, de exceso de sensibilidad o de la oscuridad que persigue a escritores (o cualquier otro individuo), es una chorrada como muchas otras, y que asimilar creatividad a drogas es otra de muy grande que ilustra diciendo que “A la hora de vomitar en la cuneta, nos parecemos todos bastante” (2000, p.111), refiriéndose a los creativos y no creativos. Una explicación buenísima con la que cierra esta primera parte.
La segunda parte del libro se llama Caja de herramientas y, para mi gusto, aquí es donde comienza la parte de manual de escritura, donde habla más del escribir que de sí mismo, cosa que no quiero que parezca que me molestara ni lo más mínimo, todo lo contrario, es una biografía, sino que lo digo para marcar una distinción clara entre la primera parte 100% autobiográfica y la segunda, presentada como una guía.
El símil que usará King para referirse a los recursos que usamos los escritores para la construcción de una novela, será el de este objeto, una caja de herramientas, su contenido te ayuda a sacar, en el mejor estado que sea posible, un fósil sin desenterrar, que él asimila con la obra finalizada. La metáfora es brillante, sin duda. Así que en esta segunda parte, unida a la tercera, que se titula Escribir, pero que continúa con la metáfora de la Caja de Herramientas (de ahí que yo lo indique más como un subtema que como una tercera parte), va desgranando poco a poco el proceso creativo, nada muy destacable para quien no está interesado en el tema ni ha sentido nunca como un escritor, la verdad, pero para mí fue una gozada saber que lo que siento por mis personajes o lo que opino sobre cómo centrarme o no en la trama, era un rasgo común de todo escritor. Este apartado está dividido en diferentes partes, numeradas como si fueran capítulos pero sin el formato prototípico que suelen tener, en cada número hará referencia a una parte de la novela y, como si fuera una guía explicada por un colega que entiende del tema, irá dando consejos que edulcorará de metáforas y de experiencias personales, haciéndolo una lectura que, pese a poder llegar a ser aburrida por su contenido teórico, se acaba disfrutando gracias a su agilidad. Escribirá e ilustrará en este apartado sobre los personajes, los diálogos y la trama, pero también sobre la importancia de la verdad cuando se escribe o el miedo que siente un autor frente a su obra, miedo que cree, que es lo que hace peor, pero más humano, a todo escritor. Serán, como ya he dicho, maneras de hacer una clase magistral sobre “¿cómo escribir una novela?” (o “¿cómo no hacerlo?”) explicadas desde la voz de algo parecido a un amigo, que te habla desde la experiencia y el corazón, sabiendo justo lo que decir.
De esta parte creo importante reseñar también la importancia que para King tiene no sólo el escribir, porque entendemos que todo escritor, escribe, si no el leer, porque para King (y para mí también, vaya) el leer es tan importante como el escribir, y cree que quien no lee, no puede crear narrativa. Además, según su manera de verlo, toda lectura es positiva, tanto la mala como la buena, pues la mala te hace ver todo lo que no debes o quieres hacer como escritor de tu propia historia y, la verdad, como escritora, sinceramente, creo que es una de las verdades más ciertas que he leído nunca.
Por último, antes de acabar de hablar de estas dos partes, Caja de Herramientas y Escribir, Stephen habla del Lector Ideal, este lector ideal es, en teoría, el lector para quien escribes, aquel lector del cual imaginas la reacción cuando escribes una escena concreta. Y bueno, he creído importante introducir esto en la reseña, porque me parece que todos tenemos ese lector ideal, esa persona a la que imaginamos riendo a carcajadas al leer algo divertido que hemos escrito con ese fin y, para King, ese lector ideal es su mujer, de la que ya os adelanté un poco en la descripción del autor. Esto, sin duda, podría ser “algo más” del libro que pasara desapercibido para otra persona, pero al comentar la novela con otros lectores, nos dimos cuenta de que coincidíamos en algo que nos había emocionado mucho y esto es en cómo habla el autor, durante toda la obra, de su mujer: con admiración, cariño y recordándole al lector que ella es una parte más de sus libros, de su experiencia creativa y, sobre todo, de su vida, tanto en las mejores como en las peores situaciones vividas. Ella fue quien le ayudó con el alcoholismo, quien le ayudó a poder volver a escribir tras el accidente que tuvo en 1999 del que os hablaré a continuación y quien, con cada obra, le ayuda a dejarla perfecta.
La novela no acabará en esta segunda/tercera parte, sino que se incluirá también al final un cuarto apartado llamado “Postdata: vivir” en el que King explica una de las escenas más trágicas de su vida, en la que estuvo a punto de morir y en la que encontró un refugio de su malestar físico en la escritura —una parte tensa y dura pero muy conmovedora, todo sea dicho— y, para cerrar el libro, un borrador corregido de unas pocas páginas, donde ilustra los cambios de corrección que él llevaría a cabo explicando la razón de cada uno de los cambios, poniendo en práctica, todos aquellos consejos teóricos dados en la segunda/tercera parte.

Para acabar la reseña podría decir, aunque ya os lo imagináis por mis palabras, que es un libro que me ha gustado mucho y que os lo recomiendo enormemente, y esto no sería ninguna mentira, pero sí una cutrez que no es para nada de mi estilo, por lo que, si me lo permitís, voy a pecar de metafórica y creativa y lo voy a intentar definir a mi estilo.
Mientras escribo es un manual, una biografía, una puerta abierta a la mejora, una lección de la escuela de la calle, un respiro ante el miedo y la incertidumbre, una palmadita en la espalda que te ayuda a seguir adelante, un “yo te entiendo”, un “sigue por ese camino, lo estás haciendo bien”, pero, por encima de todo, Mientras Escribo es una obra de arte. Con estas palabras y añadiendo que este libro ha cumplido su objetivo de acompañar a un escritor en este solitario (como él mismo lo define) y arisco camino, cierro esta reseña y este libro con ganas de volver a comenzarlo y ojalá, si lo leéis, os sintáis igual que yo.



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