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Memorias de un antiguo hogar

12 jul 2022
2 min de lectura

Mi padre viste bermudas. Mi madre, un largo vestido de flores y su pelo moreno vuela al aire como el bajo de la tela. Él carga una nevera color verano azul. Ella una sombrilla Frigo que él encontró un día paseando entre la soledad de la arena cuando la otra gente aún duerme.

Soplo el pelo que se pega en mi mejilla por culpa del irrefrenable viento que nos empuja a la cara y me coloco bien el bolso de mimbre, medio desecho, que mi madre había comprado el año que el país ganó Eurovisión por última vez.

El olor a paella me hace la boca agua, las palabras en inglés me hacen arrugar la nariz y el comentario de mi padre sobre comprar una sangría bien fresca en el badulaque de la esquina me hace abrir las orejas. Mi madre entra, la compra y entre ambos la intentan meter en esa nevera color verano azul haciendo un tetris imposible. Está hasta los topes de cosas que ni siquiera importarán y no comeremos. Está llena de por si acasos.

Mi madre se queja de cómo arde el suelo bajo nuestros pies justo cuando los míos hacen contacto con la arena. Mi padre ya está hecho a eso, le gusta achicharrarse al sol ardiente que nos ilumina todo el año. Lo lleva en la piel.

Y yo me paro, a unos centímetros de ellos, que siguen adelante, fichando entre la marea de toallas un diminuto lugar del que quejarse durante las próximas horas porque los niños gritas, hace calor y están como sardinas enlatadas entre tantas cabezas.

Cierro los ojos. Siento en todo el cuerpo la fuerza del sol sobre mi, cómo me empuja, cómo se me pegaba a la piel. Inspiro hondo y noto los pulmones llenarse de una mezcla de salitre y crema solar. Pero no son los pulmones. Soy yo, llenándome un año más de aquella playa. De aquella rutina en la que he crecido. De aquella vida en la que quiero vivir para siempre.

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© 2022 por Marta Moreno Puertas.

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